Recuerdos del pasado.- EL LAÑADOR

Lorenzo Fernández Molina.- Había pasado la contienda y por nuestras calles se podía oír: ¡paragüero, lañaooor! ¡SE ARREGLAN LEBRILLOS, PUCHEROS, SARTENES, …..!

Era la voz de uno de estos personajes singulares a los que le vamos a dedicar este trabajo: “El lañador”.

Moral en aquellos años era un pueblo con suerte, mientras en muchas localidades se carecía y se estaba a la espera de la llegada del lañador, Moral tenía tres: Antonio Ferrari, Pascual Ferrari y Diego Letrado.

Bajo su oficio de lañador abordaban varias facetas: estañistas, restañistas, lañadores, …… Se lañaba la cerámica, se restañaban los útiles de cinc o latón, se arreglaban paraguas, … Eran tiempos de escasez monetaria y había que reparar todos los elementos del hogar.

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Su trabajo, tan útil como necesario, sólo les permitía vivir, con las necesidades propias de la época, en una humilde cueva.

Con una voz que se iba volviendo cansina al cabo del día, recorrían el pueblo portando sus útiles: una caja colgada al hombro, debajo del brazo su posible asiento, en una de sus manos el hornillo y en la otra un soldador.

Rara vez los trabajos se realizaban en el interior de la vivienda, generalmente se hacían en la puerta de las casas y sentados sobre el suelo o sobre un pequeño serijo a modo de almohada, cojín o manta.

El hornillo era uno de sus útiles más necesarios. Aparece con el arreglo de estaño; sin embargo en época anterior no se hacía esta operación y sus arreglos se limitaban a las de lañador. Todos los útiles, pues, se encontraban en esa caja que portaba sobre su hombro.

Cada trabajo requería de unos útiles y de una técnica de realización distinta.

El trabajo de lañador consistía en poner unas lañas a los objetos rotos. Hacía un taladro en cada parte de la fisura e introducía la grapa. Los agujeros se hacían con una broca fina y el berbiquí (taladro de mano) y se rellenaba con una especie de cemento rápido, que fabricaba en el momento, e iba introduciendo con una varilla, el cemento una vez fraguado soldaba la laña al barro impidiendo la salida del agua. Una vez tensada volvía a componer y permitir su uso: palangana o del lebrillo de barro.

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Los arreglos los hacían en la calle, en la misma puerta de las usuarias y, en derredor, se arremolinaban los niños y las mujeres que esperaban sus turnos para que arreglara su objeto deteriorado. El típico arreglo de los lebrillos, cántaros, botijos, ollas; tanto de barro como de arcilla, los hacían al momento. La mayoría estaban rajados y perdían líquido y, otros estaban tan deteriorados que eran irreparables.

Era curioso contemplar como raspaban la zona dañada y, tras cubrirla con una masilla, procedían al lañado. Se daba la circunstancia de que algunos estaban tan resquebrajados que al hacerles los agujeros para colocar las lañas se rompían en mil pedazos; sin embargo, ante esa probabilidad, se le advertía a las mujeres con la finalidad

de que, si ocurría tal desaguisado, nadie pudiera protestar, aunque alguna saliera enfurruñada maldiciendo.

El trabajo de estañador consistía en tapar los agujeros que tuvieran los cacharros; para ello utilizaba una lima y acido clorhídrico diluido para limpiar los alrededores del agujero y un soldador al rojo vivo -calentado en el hornillo-, para extender el estaño que aplicaba en una barra.

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Cuando la vasija no era de barro o arcilla, tales como zafras o jofainas, calderos, ollas, jarras, etc. raspaban la zona que había quedado deteriorada y después, en vez de lañar, le aplicaban un parche de estaño candente que durante el enfriamiento, quedaba totalmente adherido en forma de parche. Esta reparación, generalmente, era mucho más duradera pero a la vez, más costosa.

Allí, sentado en el suelo, con las nalgas sobre un cojín o una manta; ya que era la postura más cómoda y práctica, dada su minusvalía se encontraba nuestro Juan ‘el baldao’ con su sonrisa sempiterna, poniendo lañas a los cacharros que le llevábamos averiados o bien arreglaba los paraguas. Sí, lo teníamos siempre contento; tanto con su trabajo como departiendo con cuantos acudíamos a charlar con el; ya que era un gran conversador.

La laña es como una grapa, de hierro o cobre que se utilizaba para unir las partesrotas de un cacharro de barro, porcelana… El lañador hacía un agujero con una brocafina y un berbiquí a cada lado de la raja y lo rellenaba con una especie de cemento rápido, que fabricaba en el momento, introducía la laña y una vez fraguado el cemento la soldaba al barro impidiendo la salida de agua. En aquellos años resultaba más barato lañar un lebrillo que comprar uno nuevo.