ANTES DE TIEMPO

María Luisa Fernández Moreno.- La primera tarde que mi madre sacó a pasear a su Antonio a la plaza un incómodo ir y venir de gente se les acercaba y, con intencionado retintín y desconfianza, le preguntaba que si era hijo suyo. Veintiún años los separaban. Y es que la abuela Ana María rondaba el medio siglo cuando lo trajo al mundo.

Antonio pronto se convirtió en el juguete de sus hermanos, en el niño querido de las tías, en la sorpresa agradable de las vecinas y en lo más importante, en el favorito de la abuela Ana María.

Flacucho, jaro y orejón, pero con una sonrisa cálida y limpia. Enorme, más gxande que sus orejas.

Llenó, aún más, la casa de mis abuelos, acostumbrada al trajín de gente y al ajetreo, de voces de niños y de alboroto nuevo. Siempre fue un muchacho popular, alegre, pero sobre todo era un buen muchacho, decía mi madre que un muchacho bueno. Tal vez por eso todos lo querían.

Me encantaba que estuviera cuando iba de visita y juntos hacer rabiar a la abuela. Me relamía con aquellos yogures de fresa que me daba. “Yo los yogures los compro para ti, no para esta niña galguza”,gruñía. Entonces el tito, ante la total desaprobación y el gesto inquisidor de la abuela, me lanzaba una mirada cómplice, me limpiaba los churretes y me sonreía.

Conservo el día de su boda con algunas e imprecisas pinceladas. Me viene a la memoria el frío de una tarde de primavera, el bullicio en la plaza, lo monísima que iba la novia y mi jersey marrón oscuro y siento, al recordarlo, que me envuelve cierta satisfacción, un cosquilleo agradable por formar parte de aquello.

No sé si su dote fue muy generosa. Lo que sí puedo asegurar es que junto a las mudas, a las camisas, a las cacerolas deslavazadas y a un maltrecho negocio iba incluida mi abuela. Tal era la devoción que le profesaba a su Antoñico que no consentía separarse de él y hasta pretendía dormir en la misma cama. Este hecho convertía a mi tía ipso facto en una santa. Era un caso la Ana María.

El recuerdo de los años que siguieron los guardo con especial cariño. A veces paso por ellos de puntillas, por miedo a que desaparezcan. La casa de la calle San Roque, la tienda de muebles, el furgón de magdalenas Ortiz, ver a la tía coser, la llegada de mis primas…No había en el pueblo niñas más bonitas que ellas.

El tito, mi tito, bailaba como nadie, era el alma de las bodas y sobre todo leía. Devoraba novelas del oeste, las pequeñitas y amarillentas de un tal Marcial Lafuente Estefanía. Acabó convirtiéndose en El Porvenir de la familia. Y triunfó. Con su negocio, con los suyos, con los ajenos, con la vida. Porque tenía un corazón tranquilo. Llegaba sin hacer ruido y, sin pretenderlo, se convertía en el centro. Era feliz y nos hacía felices. Quizás por eso el mundo lo quería.

Hace casi veinte años que la vida, la que tanto amaba, lo traicionó, le puso la zancadilla y lo dejó tirado, antes de tiempo. Y aunque peleó por mantener la esencia ya no consiguió ser el mismo. No se lo merecía.

Vuela, tito Antonio, vuela. Date prisa, que te esperan. Para bailar.

(A mi tía Francis y a mis primas)